El monorraíl de la Expo’92 no solo cumplía una función
práctica, sino que también simbolizaba la apuesta por la innovación tecnológica
y el progreso que caracterizaba el espíritu de la exposición. Elevado sobre una
estructura de hormigón, ofrecía una experiencia panorámica del recinto,
permitiendo contemplar los pabellones, plazas temáticas y espacios ajardinados
desde una perspectiva privilegiada.
Tras la clausura de la Exposición en octubre de 1992, el
monorraíl dejó de prestar servicio, y tanto su infraestructura como sus
estaciones quedaron en desuso. Con el paso del tiempo, la antigua estación se
convirtió en un testimonio silencioso de aquel acontecimiento histórico. Su
estado ha variado a lo largo de los años, marcado por el abandono, la
reutilización parcial de algunas zonas del recinto y los cambios urbanísticos
en la Cartuja, hoy transformada en un parque tecnológico y cultural.
FOTOS EXTERIOR E INTERIOR



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